lunes, septiembre 11, 2006

Srta. Periodista

Es una profesión extraña. De golpe, uno se sube a historias tristes, que minimizan los problemas propios. Una madre que busca a su hija, que llora desesperada por esa nena que nadie sabe dónde está. Llora con un dolor que espero nunca entender. Y sentada a su lado, sólo me sale abrazarla. Y después, irá a parar a un recuadro olvidado de una página, sus lágrimas encriptadas en un lenguaje del futuro. Con suerte, alguien vea la foto de Blanca, la foto de Luján. Pero no puedo comprar así mi cuota de paz.

Vivir al margen del mundo, en el lugar donde nací. Yendo y viniendo de las desgracias ajenas, sufriendo las propias, a escala. Mucho tiempo quise estar a la altura de las grandes cosas, saber todo lo que pasaba. Así se miden los periodistas: saber qué pasa, que pasó, en todos los rincones de la sociedad y de la historia. Pero eso es inabarcable. Combinar una vida propia con las inquietudes de 6 mil millones de personas parece inconcebible. Y todo queda en una superficie hipócrita, en un improvisar, hoy con una banda de rock, hoy con una madre que busca a su hija, mañana con una así-llamada-estrella de la telenovela de moda.

Durante un año ensayé la ceguera. Volví a mi burbuja de origen, leyendo libros, rindiendo finales, haciendo películas burguesas. Estaba cómoda, más tranquila. Me sentía fiel a alguna imagen de mí, de algún tiempo pasado que pensaba en futuro. Pero siempre alguien en una esquina, en un diario, en un canal de televisión me recordaba lo otro. Hoy tengo un pie en cada lado... y no sé para dónde saltar.

Ya no sé si cuento historias para denunciar las injusticias, o para ganar visitas en la página, o con el fin de conformar a mis jefes, o en un intento de satisfacer mi ego profesional. Sé que me gusta el relato, en lenguajes diferentes e infinitos. Sé que me gusta la gente, que siento una curiosidad insaciable por las formas del mundo. Sé que el tiempo parece oprimirme algunas tardes, y que apilo deseos en horas, en una vorágine que no sé si me permite digerir todo lo que veo, leo, siento.

Mi profesión me define. Y sin embargo, no me siento completa. Tengo miedo de ser todo eso que critico en otros, de quedarme en fórmulas básicas que funcionan. Tengo miedo de que Blanca no aparezca, pero más aún de olvidarme, y todavía más de que esas historias ajenas me consuman. Son muchas, hay miles por esquina. ¿Cómo absorber todo ese dolor y seguir viviendo? ¿Cómo aceptar la frialdad del acostumbramiento? No en vano los años me han calmado un poco. Espero entender cada vez más lo que busco.
Y la veo a Louise Lane, linda, exitosa, profesional, con un superhéroe a sus pies... ella la verdadera heroína, que hasta lo salva en la última versión cinematográfica. Y me pregunto si habré crecido con esa imagen. Me pregunto si quiero ser ella, con dos bombones disputándose mi amor y mi cuerpo, con un Pullitzer en puerta, con una dedicación intachable.

Las energías se me agotan de vivir tan intensamente. Temo gastarme la cuota antes de tiempo.

1 comentario:

niñoespina dijo...

Ciertas pasiones han nacido para deambular en el plano de la fantasía.
Claro, no quiere decir que jamás se cumplan. Pero serán desplazadas y reemplazadas por otras.
En esto, lo sabés, como en muchas otras cosas, lo intuís, concuerdo con vos.
El sufrimiento de otros a veces es nuestra felicidad.
¿Sómos egoístas por sonreír mientras otros lloran, velan a un ser querido o escuchan los ruidos de vacío que su estómago ladra?
¿Acaso hay que contentarse con poco porque otros no tienen nada?
Hay que conocer nuestra medida para no salirnos de contexto.
La burbuja es necesaria, no siempre, aunque peligrosa.
No podemos aislarnos, corrernos de la rotación de la tierra.
Ni siquiera siendo el primer turista en ir al espacio.

abrazo de gol