jueves, septiembre 28, 2006

Mala onda

No me parece. No me parece esta tarde, ni nunca. No ayer, no nunca. No yo. ¿Necesito, acaso, un ser demandante? Después querría alejarlo, aborrecería sus tijeras sobre mis brazos.

Prefiero estar sola. Las emociones se me escapan, se van a extremos impensables, no vuelven nunca al medio, o tardan tanto que antes me desmayo, carente de energías.

No te quiero ver más. Ni a vos, ni a nadie.

Necesito que mi piel descanse unos meses.

domingo, septiembre 17, 2006

Flasheadita

Sí. Me subo a historias que no existen. A letras para otras, la misma. Jugar a que me gusta, a que él está ahí, pensando. Y no sé si me importa. Y sé que todos pasan, en fila. Que son momentos. Y sin embargo hay mariposas en todos lados, las invento y las veo y me invaden todo el día. No me dejan pensar en otra cosa que no sea en tus ojos esa noche extraña. Ojos extraños que me penetraron sin pedir permiso, y no sé cómo se instalaron en los míos. No puedo despegarme de tus ojos, y ellas atacan sin descanso. No sé si fumar o si comer o si salir o si dormir, con un poco de suerte. Los días son pocos pero no pasan. Tengo tu foto prendida con luces, tu voz dando vueltas en mi cabeza, restos de tu piel en la mía. Busco sentirte de nuevo, y me llegan unos caracteres perdidos de tu cuerpo. Quiero tu cuerpo cerca otra vez, otro día u otra noche como esa, muchas noches y mil horas de vos.

Me gusta este juego.

Aventuras

Un deseo oscuro se trepa esta noche en mi cama y no me deja dormir. Son las 6:46 y no puedo olvidar tu lengua en mi espalda. Dijiste palabras dulces mientras jugabas entre mis piernas. Con una sonrisa y ojos intensos, durante horas, no pudiste evitar el contacto extremo.

¿Por dónde andarás esta noche? Yo te pienso y mis sábanas me abrazan, para calmar la espera. Recuerdo un comentario adolescente y simple, y tus manos fascinadas con mi piel.

¡Qué absurdo! Me fui un poco arrepentida y sin haberte vuelto a ver, repasé tu mirada descubriendo mi cuerpo y ya no puedo imaginar que no vuelvas a tocarme.

lunes, septiembre 11, 2006

Srta. Periodista

Es una profesión extraña. De golpe, uno se sube a historias tristes, que minimizan los problemas propios. Una madre que busca a su hija, que llora desesperada por esa nena que nadie sabe dónde está. Llora con un dolor que espero nunca entender. Y sentada a su lado, sólo me sale abrazarla. Y después, irá a parar a un recuadro olvidado de una página, sus lágrimas encriptadas en un lenguaje del futuro. Con suerte, alguien vea la foto de Blanca, la foto de Luján. Pero no puedo comprar así mi cuota de paz.

Vivir al margen del mundo, en el lugar donde nací. Yendo y viniendo de las desgracias ajenas, sufriendo las propias, a escala. Mucho tiempo quise estar a la altura de las grandes cosas, saber todo lo que pasaba. Así se miden los periodistas: saber qué pasa, que pasó, en todos los rincones de la sociedad y de la historia. Pero eso es inabarcable. Combinar una vida propia con las inquietudes de 6 mil millones de personas parece inconcebible. Y todo queda en una superficie hipócrita, en un improvisar, hoy con una banda de rock, hoy con una madre que busca a su hija, mañana con una así-llamada-estrella de la telenovela de moda.

Durante un año ensayé la ceguera. Volví a mi burbuja de origen, leyendo libros, rindiendo finales, haciendo películas burguesas. Estaba cómoda, más tranquila. Me sentía fiel a alguna imagen de mí, de algún tiempo pasado que pensaba en futuro. Pero siempre alguien en una esquina, en un diario, en un canal de televisión me recordaba lo otro. Hoy tengo un pie en cada lado... y no sé para dónde saltar.

Ya no sé si cuento historias para denunciar las injusticias, o para ganar visitas en la página, o con el fin de conformar a mis jefes, o en un intento de satisfacer mi ego profesional. Sé que me gusta el relato, en lenguajes diferentes e infinitos. Sé que me gusta la gente, que siento una curiosidad insaciable por las formas del mundo. Sé que el tiempo parece oprimirme algunas tardes, y que apilo deseos en horas, en una vorágine que no sé si me permite digerir todo lo que veo, leo, siento.

Mi profesión me define. Y sin embargo, no me siento completa. Tengo miedo de ser todo eso que critico en otros, de quedarme en fórmulas básicas que funcionan. Tengo miedo de que Blanca no aparezca, pero más aún de olvidarme, y todavía más de que esas historias ajenas me consuman. Son muchas, hay miles por esquina. ¿Cómo absorber todo ese dolor y seguir viviendo? ¿Cómo aceptar la frialdad del acostumbramiento? No en vano los años me han calmado un poco. Espero entender cada vez más lo que busco.
Y la veo a Louise Lane, linda, exitosa, profesional, con un superhéroe a sus pies... ella la verdadera heroína, que hasta lo salva en la última versión cinematográfica. Y me pregunto si habré crecido con esa imagen. Me pregunto si quiero ser ella, con dos bombones disputándose mi amor y mi cuerpo, con un Pullitzer en puerta, con una dedicación intachable.

Las energías se me agotan de vivir tan intensamente. Temo gastarme la cuota antes de tiempo.

Segunda parte... canción desesperada

Y así andaba, queriendo matarlos, cuando me atrapó la noche. Descubrí que no puedo, que jamás podría, que no. Tal vez deba intentar algo más simple. Ponerlos en un estante. Mirarlos, quererlos ahí. Lejos. Olvidarlos aunque sean un tramo del hilo. Recordarlos cada tanto, con una sonrisa. Si los quiero.

A veces sueño con muñecos infinitos. Con muñecos con sus caras, apilados en un rincón. Me hablan. Me piden que los deje ir. Me dicen que me quieren. Que voy a estar bien, mejor, en otro lado. Que algún día me los voy a cruzar de vuelta, en una esquina o en un diario. Con sus hijos, sus mujeres nuevas. Las elegidas. Me hablan de los tiempos y las coincidencias. Del amor que se repite de hombre en hombre. Me piden que los mire, que recuerde que es posible que haya otro, otros, muchos. Si ellos son varios.

Juegan y me abrazan. Uno tiene tu nombre. Se parecen.

Creo que voy a liberarlos. Me asfixian.

sábado, septiembre 02, 2006

Bye bye boys (parte 1)

Creo que me perdí en infinitos círculos concéntricos. Era mi mente oscura como la selva de Dante, y yo corría por el cuarto... no, por el quinto de esos escalones poblados de fantasmas. A la mañana, en terapia, mi psicóloga me había ordenado matarlos. Emulando algún personaje de Mujeres Asesinas -que antes de ser personajes fueron personas- decidí concretar la fatal resolución.

“¿Por dónde empezar?”, me pregunté frente a un espejo. No quería perderme la evolución de mis gestos, las marcas en mi cara, apareciendo o desapareciendo con la redención. Influencias de Wilde... Claro que estaba por cometer numerosos crímenes. Sin embargo, ellos seguirían viviendo en algún lado, y eso me tranquilizó.

Podría tomar al primero de esa larga lista de aventuras, más o menos cortas, y, tal vez, ahogarlo en el mar donde nos conocimos hace ya 10 años. Podría seducirlo una última vez, desnudarme en la orilla, llamarlo. El resto sería tan simple como, cuando estuviera bien cerca, penetrar su corazón con alguna arma blanca. El mar se teñiría de rojo. Sería un final casi poético.

Sino, podría considerar su importancia relativa. ¿Para qué malgastar una estrategia, tiempo y energías en alguien que realmente no ha afectado mi historia significativamente? Un ejército de nadies conocidos. Una masacre. Para qué.

Elegir será una tarea difícil. El que más duele es siempre el último. Imagino que se hunde en su nada, que simplemente desaparece a fuerza de no existir, de no proyectar ni su sombra en este mundo. Sería un crimen más limpio, menos sospechoso. Sí, claro que sí, este tiene que morirse primero.