sábado, junio 10, 2006

Sobredósis de TV

Las calles están desiertas, los últimos en levantarse corriendo al lugar de la cita. Yo no entiendo nada de fútbol pero desde que me desperté prendí la tele, inundada de celeste y blanco y de periodistas deportivos. Es imposible escaparle al Mundial, como si fuese la novela de moda, pero en todo el planeta. Yo no sé qué hago viendo esto; cuando era chica estaba más conectada, hoy no sé ni quiénes están en el equipo.

El fútbol y su baile inevitable, la euforia colectiva, algo que compartimos todos, con más o menos intensidad. No puede escaparse a las pelotas en la pantalla, a la banderas en los balcones, a los accesorios en los locales. Y sobre todo, a las conversaciones, a los cantos improvisados y a los de siempre.

Ayer tuve un casamiento, muy formal y otra cosa, pero de repente todos levantaron sus cubiertos, los golpearon contra los platos, aplaudieron y cantaron: “¡Vamos, vamos, Argentina!”. ¿Qué tenía que ver? Nada. Pero el fútbol se filtra en todos lados, y ser argentino de golpe no está tan mal. Al menos por un mes.

Al margen del marketing, vedette de la maquinaria capitalista, que hace de este campeonato su diva. Al margen de que nadie se pone la camiseta normalmente, y hoy debe haber millones vistiendo sus rayas de cielo. No puedo estar en contra de esto, que hace que la gente sienta algo, que tenga un motivo para despertarse a horas insólitas y no tanto, que pare su vida para ver un partido. No puedo estar en contra de la magia, que al menos en estas tierras ejerce su influencia sobre todos, atravesando clases y geografías. No puedo dejar de admirarme frente a esa pelota de cuero y los veintipico de tipos tratando de dominarla, mientras el resto del mundo está pendiente de cada movimiento, congelando sus vidas frente a alguna TV durante los 90 minutos que dura el juego.

No puedo ignorarlo. No puedo dejar de querer ser parte.

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