jueves, junio 08, 2006

Llueve...

Las gotas en mi ventana están estáticas, como si ignoraran la gravedad, aferrándose caprichosas al vidrio que pronto querrá librarse de ellas. Como un recuerdo que no podemos dejar ir, que nos atrapa desprevenidos entre cigarrillos e insomnio, y se vuelve presente, aunque entendamos su irrevocable condición de pasado.

Las gotas me miran, comprensivas, y me devuelven a su fascinación por la lluvia y las tardes grises. A su ser gris que mis colores añoran, a su existencia independiente de la mía, que en algún momento simuló ser inseparable.

Estoy enamorada de un tiempo que ya no existe, de una foto idealizada con las horas que me separan de su toma. La veo perfecta en sus imperfecciones, la sueño, te sueño, como a un fantasma que se sienta a leer a mi lado, tranquilo, y cuya sola presencia me armoniza.

¿Habrá sido cierto? Su efímera intensidad me confunde. La felicidad obscena nunca dura demasiado, y yo me había acostumbrado a la quietud que la sucedió, pero conmigo sola no alcanzaba.

Las gotas son mías hoy, y no puedo compartirlas con tus ojos. Con tu mano acariciándome entre hojas, tus labios acercándose entre canciones. Estás lejos, como antes de conocernos, y la lluvia en mi ventana que ya no verás te saluda y te extraña y te pide que vuelvas...

Ojalá estas gotas pudieran actuar como ácido y destruir los mecanismos de tu mente, que nos arrancaron de este espacio en el que convivíamos un rato cada tanto, entrelazando ideas y cuerpos.

¿Qué hago con estas gotas? ¿Las sacudo de mi ventana? No quiero que me miren así, como un reproche. Como si fuese mi culpa que te hayas ido. Como si no quisieran estar a solas conmigo. Como si extrañaran tu aliento en este cuarto, y las paredes me oprimen... y yo ya quiero olvidarte.

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