lunes, marzo 06, 2006

El lector participante

Leyó un cuento prohibido una noche interminable de fiebre azul. Creyó, de pronto, ser parte de ese infierno de letras que el peligroso azar había juntado. Hubo quienes veneraron sus secretos personajes, su prosa cargada, las hojas especiales donde se apoyaba una tinta segura. Ella, envuelta en su propio delirio, no llegó a comprender las dimensiones del nuevo universo.

Era un libro prohibido y a la vez sagrado, porque hablaba de otra forma de entender las cosas. ¿O no estamos, acaso, queriendo siempre escaparnos de este mundo? Se sintió más enferma con el correr de los días. Soñaba repetidas veces que su vida era una falacia.

Su cuerpo, aturdido de ser, se desdibujaba. Pensaba en los símbolos ocultos casi sin descanso. Ni siquiera la sensación de vacío inevitable la hacía sentir parte de lo que antes, de lo que...

Una tarde cualquiera tocaron el timbre. Era un hombre que ya conocía. Le habló de cosas poco importantes. Alegó mucho trabajo y una visita inesperada. Se fue pronto. Ella cerró la puerta con alivio.

Ante la insondable necesidad de estar a solas con el volumen, decidió no salir más de la casa. Ya nada tenía sentido fuera de esas letras carmín que ojeaba sin prestar atención a su íntimo significado. Recordaba con nostalgia aquella primera y única vez en que ese estado tan verosímil, y tan ajeno al a vez, se había hecho carne en ella.

Las historias tienen poderes inexplicables, una magia oscura y atrapante. No pudo distinguir si su vida era esta o la otra, o las dos. Un ocaso eterno se sostuvo en la ventana esmerilada. Pasaron horas o años. Fue así que él volvió y la encontró hecha humo, hecha dibujo en un libro de letras coloradas y encuadernación color noche.

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