domingo, marzo 19, 2006

El infinito (otra vez)

Sintió su cuerpo enfriarse. Un dedo azul, el otro. Él la había dejado, otra vez. Un “él” ya sin cara y sin nombre que la dejaba todos los días, todos los intentos. No supo qué hacer. Esta vez era demasiado. ¿Habría llegado el límite? Decidió estar sola. Le juró a sus estrellas que nunca, nunca más se iba a enamorar. Que ni siquiera iba a ver a alguien dos veces. Que ya no creía en ese invento estúpido llamado “amor”, o algo así.

Salió de su casa. Era una tarde de lluvia fuerte, de lluvia-sueños-caídos... no podía ser de otra manera. Se subió a su auto, con ganas de irse lejos y no volver nunca. Ya conocía ese hueco imposible en su piel. Ya sentía el desamparo de no tener, nunca más, sus dedos entre los suyos, jugando. Su voz en el teléfono. Sus ojos preferidos. Sobre todo sus ojos...

Se preguntó por qué de vuelta, por qué ella, por qué. Fingió, se mintió, se dijo que no le importaba. Que era mejor probar gente, conocer otras almas, otras formas de sexo y de ser. Se convenció de que nada mejor podía haberle pasado. Salió a buscar compañía, nueva, vana, fugaz. La encontró, como siempre, en ese rubio nada nuevo, en ese chico sensual de antes, de siempre.

“Ya te extrañaba”, le dijo la voz del extraño, la voz del fracaso, mientras se enredaba en sus piernas, en su venganza secreta (¿contra quién?). Y ella sólo podía pensar en que de vuelta, en que otra vez, en que no, en que basta. Se miró en el espejo del hotel barato, y se vio, la misma de antes, de siempre, y lloró. Él no se dio cuenta. Mejor así.

La cautiva

"La vida es una cárcel con las puertas abiertas"

Andrés Calamaro, "Media Verónica".

Estas letras en el aire, intangibles, espectrales, parecen menos ciertas que esos firmes símbolos negros en tus hojas sueltas. Sólo el orden arbitrario de este espacio puede, quizás, darles un carácter más serio, más comprometido, por volverlas públicas, una declaración. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que es lo que dice, lo que hace, lo que ve en el espejo? Apenas adivino mi forma algunos ratos de silencio, cuando el vacío absoluto me deja a solas con ese algo que debo ser “yo”.

Pero no sé. De golpe me encuentro preguntándome, con miedo, como si hablara con otro, cosas oscuras, insólitas, inesperadas. Me admiro y me alegro de poder sorprenderme a mí misma, para combatir el aburrimiento o la ansiedad de ser, todos los malditos días.

Si pudiera pedir licencia, tomarme vacaciones, desaparecer de mi conciencia por un rato... Apagar el mundo de mi mente, que es el único que tengo, sea este u otro, la realidad colectiva o mi imaginación o mis sueños. Si pudiera no pensar, ni siquiera sentir el blanco de la nada, morirme unas horas, volver cuando quiera.

Ridícula. Pensando lo imposible. ¿O habrá una puerta invisible en mi cuarto que me lleve a otro estado de cosas, a otro universo, a otro lenguaje y a otro cuerpo y a otra persona-mente que no sea yo?

No la encuentro. En vano pasé noches tanteando las paredes idénticas de mi vida, haciendo agujeros que no conducen a nada, que me devuelven a este lugar del que no puedo escaparme. Sólo me queda aprender a tolerar lo dado, o rebelarme eternamente contra lo que todos creen que es un hecho. O morir.

viernes, marzo 17, 2006

Día luna...

Despertarme en medio de la noche. Insomnio. Lágrimas. Fantasmas. Abro las dos canillas, vacío un frasco de espuma y sales, para edulcorar la desesperante situación del desvelo. Te pienso y no puedo dormir. Lágrimas. El agua está perfecta. Una burbuja, otra burbuja. Me zambullo, cuento hasta 10. 1, 2, 3, 4... ¡10! Es poco. Sigo un rato abajo, a ver si me olvido de todo. No aguanto más. Siempre termino necesitando aire. Noche. ¿Dónde estás? Me envuelvo en una toalla, camino por la casa. Es chica, pronto me aburro de pisar mis huellas de jabón. Me meto en la cama, mojada. Cierro los ojos, fuerte, como si eso ayudara. 6: 15. ¿Qué demonios se puede hacer a las 6:15, sola? Prendo la compu, esbozo unas letras... horribles. Si el tiempo no pasa un poco más rápido voy a enloquecer. Y no espero nada. Boca arriba. Sólo que haya gente despierta por ahí, aunque no los quiera ver. Te llamo. A las 8. No, muy temprano. Posición fetal, lado derecho. Sábanas frías. Las saco, sólo me falta volver a enfermarme. Lado izquierdo, cubre colchón con polvo. ¡Por dios, necesito dormir! Escaparme de este mundo en sueños, aunque sean terribles, pero que no sean esta insoportable noche de jueves en mi casa.

miércoles, marzo 15, 2006

EXIT

Estoy así, como triste sin sentido. A veces me agota la gente, que no me deja oir mis voces más secretas. Necesito estar sola, un rato por día, un día cada tanto. Hoy todo me aburre, y me parece extraño que los demás no piensen que todo lo que pasa no es normal, que simplemente es una manera entre muchas de mirar el mundo. La historia está muy bien contada, y a nadie se le ocurre pensar en otro escenario, en otro final, en otra forma y en...

Lo raro es que no les parezca raro, que sigan haciendo lo que deben, o en el mejor de los casos, lo que creen que quieren, lo que creen que eligen. Y afuera hay otros mundos, que están ahí nomás pero nadie los busca.

Hoy me quedé desenergizada... Ir y venir y escuchar y contar y llamar. Quiero dormir para cargarme, y poder subirme a ese otro lugar, y quizás no volver nunca.

Nunca.

lunes, marzo 06, 2006

El lector participante

Leyó un cuento prohibido una noche interminable de fiebre azul. Creyó, de pronto, ser parte de ese infierno de letras que el peligroso azar había juntado. Hubo quienes veneraron sus secretos personajes, su prosa cargada, las hojas especiales donde se apoyaba una tinta segura. Ella, envuelta en su propio delirio, no llegó a comprender las dimensiones del nuevo universo.

Era un libro prohibido y a la vez sagrado, porque hablaba de otra forma de entender las cosas. ¿O no estamos, acaso, queriendo siempre escaparnos de este mundo? Se sintió más enferma con el correr de los días. Soñaba repetidas veces que su vida era una falacia.

Su cuerpo, aturdido de ser, se desdibujaba. Pensaba en los símbolos ocultos casi sin descanso. Ni siquiera la sensación de vacío inevitable la hacía sentir parte de lo que antes, de lo que...

Una tarde cualquiera tocaron el timbre. Era un hombre que ya conocía. Le habló de cosas poco importantes. Alegó mucho trabajo y una visita inesperada. Se fue pronto. Ella cerró la puerta con alivio.

Ante la insondable necesidad de estar a solas con el volumen, decidió no salir más de la casa. Ya nada tenía sentido fuera de esas letras carmín que ojeaba sin prestar atención a su íntimo significado. Recordaba con nostalgia aquella primera y única vez en que ese estado tan verosímil, y tan ajeno al a vez, se había hecho carne en ella.

Las historias tienen poderes inexplicables, una magia oscura y atrapante. No pudo distinguir si su vida era esta o la otra, o las dos. Un ocaso eterno se sostuvo en la ventana esmerilada. Pasaron horas o años. Fue así que él volvió y la encontró hecha humo, hecha dibujo en un libro de letras coloradas y encuadernación color noche.