martes, febrero 28, 2006

Extraño

Su sonrisa precisa y sus ojos oscuros son inevadibles. Recuerdo, creo, aquel primer encuentro en función de sus manos perfectas en el aire. Recuerdo, también, un libro de ella, una historia que ya no es, un principio. Era una ciudad de magia y nosotros, polvo de estrellas.

Sucedió entre lunas y ruinas. Ni siquiera podría asegurar que lo busqué, como tantas veces. El espejo se dio vuelta una mañana, o una noche (poco importa ese detalle). El reflejo, de repente, no era el mismo de unos reflejos atrás.

Insistió el azar, o el destino, o la enorme Biblioteca de Borges, en que nos cruzáramos. No había sentido su piel por ese entonces. Nos escondimos entre palabras (“Words, words, words”): palabras promisorias, palabras fatales, palabras red.

Y hoy, no puedo evitarlo. Un beso y me sorprende el olvido... No el olvido de él, no, sino de todo lo demás que se derrumba.

¿Sabrá algo que yo no sé?

Un extraño que se acerca, de a poco, tanto que ya no lo puedo ver. Sólo me queda sentirlo -ahora sí-, adivinar sus huecos, sus formas, sus colores, hasta saberlos de memoria y quererlos más, por haberse vuelto tan familiares.

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