sábado, febrero 25, 2006

Carne

Se fue a un lugar diferente, sin avisar, con los ojos abiertos. Eligió un día de lluvia de verano, eligió que el cielo lo despida. A veces me pregunto si uno realmente desea la muerte, desea morirse, pues sucede, nomás. Tengo miedo de probar esta teoría.

“¿Qué sueño es este?”, dijo ella, 40 años después de aquel día en el que sin querer, se enamoró de él. Y de golpe una sala fría pintada color pastel, caramelos viejos, café ácido y un cajón abierto al que no me quise asomar. Gente que lloraba, gente que conocía las historias detrás de mí y que me preguntaba por mi historia, que desconocía.

Que me parezco a él, que me parezco a ella (mis padres). Que él -el último pasajero- era tan bueno, que era feliz, que la vida no le había dado la mano muy a menudo. Y así las contradicciones, los recuerdos vueltos materia... y un pedacito nuevo de él (del otro) que se moría, se me moría de vuelta, un completo desconocido que hizo que yo exista y lo piense y se murió demasiado pronto. Un completo desconocido al que amo sin saber por qué.

¿Me pareceré a él, como dicen? ¿Qué puedo tener de alguien que no me conoce, que no conocí, que nunca voy a conocer? Y la palabra “padre” para mí no existe, es un concepto abstracto cuyo significado puedo intuir, que puedo mirar en los ojos y espejos de otros, que puedo imaginar por un rato que entiendo, pero que jamás voy a entender... ¿Cómo usar la palabra “padre” si no la entiendo?

Busco la respuesta en fotos, en la sonrisa de los que evocan fragmentos de historia, en una voz grabada antes de que yo naciera, en un carta que nunca me escribió.

Y de repente lo odio. Lo odio por abandonarme, por dejarse morir y por pensar que se iba a morir y por morirse. Lo odio por dejarme. Lo odio por dejarnos. Lo odio por su cobardía. Lo odio porque nunca voy a saber quién fue, porque ya no sé qué sentido tendría saberlo.

¿Por qué así?

¿Por qué?

Y ahí es claro que no hay un dios bueno posible.

(Si “Dios” existe, también lo odio. Más.)

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