lunes, noviembre 07, 2005

Flashes

Era fascinante... pero era mentira. Y como quien disfruta de un sueño y se despierta, resignado, preguntándose cuál será la vida real, si esta o la otra, se hizo un té mientras trataba de aprehender en una hoja todo eso que había vivido. Ella era fascinante; lo había deslumbrado con su inteligencia, con su seguridad, con su sensualidad. Pero no podía soportar tanta energía. O, mejor dicho, no podía responder a tanta intensidad.

Y así fue que nunca más se vieron. Cada tanto, aparece alguna foto de esos días efímeros cuando ella creyó que al fin había encontrado a su alma gemela. Después entendió que nunca son flashes, sino algo más sólido, lo que construye un vínculo duradero.

“Blinded by rainbows”.

Y así, algunas noches, tardes, días, se cruzaron. Intercambiaron inocencias que desaparecieron demasiado rápido. Consumieron un ciclo natural de las cosas en un décimo del tiempo. Lo que se gana en intensidad, se pierde en duración. Calculo que hay alguna ley física que explica eso, y puede aplicarse a las relaciones humanas. Tengo que investigar.

"Hola, adiós". O mejor aún, sin coma. "Hola adiós". Eso fue lo que duró el eclipse.

Por suerte.

sábado, noviembre 05, 2005

Yo-yo

¿Qué haría hoy si no fuera yo? ¿Qué estaría haciendo de ser otra persona, cualquiera, lejana o cercana a mi estilo de vida? ¿Qué se sentirá, por un minuto, estar en la mente de alguien más?

Pero soy yo. Y no puedo escaparme. En todo caso, puedo rescribirme, ser otra versión de mí misma. Puedo cambiarme el nombre, el color de pelo, y adelgazar diez kilos. Puedo, incluso, cambiar radicalmente de profesión, de barrio, de país. Puedo dejar de ver a toda la gente que conozco, desaparecer, perderme en el anonimato de otro circuito de personas, inventar un pasado distinto, empezar de nuevo. Puedo modificar muchas cosas. Puedo imaginar que soy alguien que existe o que no existe, creer realmente que lo soy por un momento, más o menos prolongado... pero nunca dejar de ser yo.

Nada nuevo. Tantos lo formularon con palabras más precisas, con ideas más complejas, con poesía más acabada.

Rescribirme. ¿Ahí estará la clave? Alejarme de mí todos los días, volverme inaprehensible, una crisis -en tanto generadora de cambio- interminable.

Construir mi personaje, hacer un guión de cómo quiero ser cada día. Sería óptimo elaborar un posible diálogo antes de caer en la verborragia improvisada, en mi esencia librada a sí misma, con la que después me peleo en soledad.

Rescribirse. Como si todo se tratara de eso, de un ejercicio egoísta y egocéntrico, de enfocar en uno, constantemente. A veces pareciera que el desafío es convivir con otros, entenderse, relacionarse, congeniar. Pero lo único inevitable es uno, lo terrible es saber que no hay forma de escaparse, de renunciar, ni aún en sueños. Que por más filtros psíquicos o fisiológicos que se auto impongan, consuman, instalen, el punto de vista es, siempre, el de la experiencia personal, subjetiva, abrumadoramente propia... e irrepetible.

¡Qué limitada es nuestra comprensión del mundo! Es como vivir unilateralmente, en un universo apabullantemente solitario.

(Lo propuesto en Being John Malkovich no alcanza más que para entender a otro, ser omnisciente, pero sigue siendo un yo dentro de otro -una especie de efecto mamushka.)

Ni siquiera la muerte es una salida. Al margen de lo desconocido, frente a lo cual, bien Shakespeare advierte en el famoso soliloquio de Hamlet, preferimos soportar los males terrenales... Cualquier imagen popular que tenemos de una posible vida después de la muerte no nos libra de esa carga de identidad, de yo: no dejamos de ser nosotros mismos en otro estado. Quizás, en cierta forma, la reencarnación ofrezca una esperanza de experimentar otra cosa, pero siempre está el karma que arrastramos de otras vidas, que nos da unidad de yo.

¿Entonces?

Yo y yo, y yo, y yo, y yo, y yo y yo y yo, y yo...

¿Cómo conocer -ser- una manera distinta de pensar que no sea la mía (que a veces piensa las formas de los demás)?

Bienaventurado quien pueda despegarse por un segundo de su yo más íntimo y absoluto.

¿Acaso los así llamados “locos” serán los triunfadores que pudieron cruzar del otro lado?